3 vermuts que merecen quedarse en casa todo el invierno
- Irene Sánchez
- hace 4 días
- 2 Min. de lectura

Hay tardes de invierno que no necesitan plan: una casa en silencio, algo sonando en el tocadiscos o en la radio, y la luz cayendo pronto. El frío aprieta fuera, pero dentro se impone otra temperatura, más lenta, más amable. Ahí es donde el vermut encuentra su sitio sin pedir permiso.
Durante años nos han hecho creer que el vermut es solo cosa de terraza, sol y aceituna sudando en el plato. Error. El vermut es especiado, amargo y gastronómico, justo lo que el cuerpo pide cuando bajan los grados y suben las ganas de sofá, cocina y conversación.
En invierno no se bebe helado ni a toda prisa. Se sirve fresco, con menos hielo, se deja abrir en la copa y acompaña platos que reconfortan. El vermut no desaparece en invierno: se vuelve más interesante.
El primer perfil es el rojo especiado y clásico, el de antes del guiso. Nariz de hierbas secas, canela y un punto de clavo; en boca es redondo, con cuerpo medio y un amargor elegante que equilibra el dulzor. Es un vermut que no grita, pero llena la habitación. Aquí encajan clásicos accesibles como Vermut Miró o Yzaguirre, honestos y sin maquillaje.
Sírvelo en vaso bajo, con uno o dos cubos grandes —o incluso sin hielo si está bien frío— y una piel de naranja exprimida. Marida de cine con anchoas, queso curado de oveja y aceitunas aliñadas. El momento ideal es una tarde de domingo, mientras el sofrito empieza a oler bien y el vermut abre el apetito sin robar protagonismo a lo que viene después.
El segundo perfil es el blanco aromático y cítrico, perfecto para quienes buscan ligereza sin renunciar al carácter. Floral en nariz, con azahar y limón, sorprende en boca por su sequedad y su amargor limpio. Refresca sin enfriar. Un buen ejemplo es Lustau, con base de vinos del Marco que le dan profundidad incluso en invierno.
Aquí funciona una copa pequeña o un vaso fino, frío pero no helado, un cubo y piel de limón. Si apetece, un golpe mínimo de sifón. Acompaña a berberechos, boquerones en vinagre, patatas fritas de bolsa buena o unas setas salteadas rápidas. Ideal para visitas improvis
adas, charla larga y chaquetas colgadas en el respaldo de la silla.
El tercer perfil es el reserva o envejecido, el vermut de sobremesa. Más serio, más oscuro, con notas de madera, frutos secos y un punto oxidativo elegante. En boca es profundo, largo y casi meditativo. Aquí brillan Yzaguirre o Padró & Co, complejos sin ser inaccesibles.
Se sirve con respeto: sin hielo o con uno solo, en copa pequeña, quizá con una piel de naranja seca o nada en absoluto. Marida con quesos viejos, almendras tostadas o chocolate negro poco dulce. El mood es íntimo: noche tranquila, disco sonando y la sensación de que no hace falta nada más.
En casa, el ritual importa. Tres reglas básicas: temperatura fresca, hielo grande y poco, y garnish con sentido. Tres snacks infalibles de despensa: anchoas, frutos secos tostados y patatas fritas decentes. Y un truco para evitar lo empalagoso: añade amargor, cítrico o salinidad. El vermut de invierno no es nostalgia: es placer doméstico bien entendido.





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