Rutas de cuchara por España: del cocido madrileño a la caldereta menorquina
- Roberto Buscapé
- hace 4 días
- 2 Min. de lectura

El mapa gastronómico de España también se puede leer desde el fondo de un plato. No hace falta mantel largo ni vajilla solemne: basta una cuchara, un caldo bien hecho y una receta que haya resistido generaciones. Los guisos siguen siendo una de las formas más directas de entender un territorio.
Cada región ha desarrollado su propio plato de cuchara en función del clima, los productos disponibles y la forma de vivir. Legumbres, carnes, verduras o pescado se combinan en recetas pensadas para alimentar durante horas y reunir a la gente alrededor de la mesa, dentro y fuera de casa.
Esta ruta propone detenerse en algunos de los grandes guisos españoles, no como un catálogo, sino como paradas con contexto, historia y consejos prácticos. Desde el cocido madrileño hasta la caldereta menorquina, un recorrido para viajar comiendo y comer entendiendo.
El cocido madrileño es quizá el gran rito de la cuchara española. De origen humilde, perfeccionado en tabernas y casas de comidas, se sirve en vuelcos que ordenan el placer. El garbanzo es firme pero mantecoso, el caldo profundo y limpio, las carnes generosas sin imponerse. Para probarlo bien, clásicos como La Bola o Malacatín siguen marcando el camino. Pídelo completo, al mediodía, con pan abundante y un tinto joven de Madrid o una caña bien tirada.
En Asturias, la fabada es paisaje. La faba asturiana, grande y cremosa, se funde con un compango que acaricia más de lo que pesa. Es un plato de frío, de niebla y de sidrerías donde el tiempo se mide en cucharadas. Busca fabadas memorables en pueblos del interior como Villaviciosa o Cangas de Onís. La sidra natural es su compañera natural, aunque un tinto ligero del norte también funciona. Mejor en otoño o invierno, tras una caminata verde.
El potaje de garbanzos cambia de acento según la región. En Andalucía aparece el comino, el pimentón dulce y, a veces, las espinacas o el bacalao; en Castilla, la sobriedad deja hablar al caldo y a la legumbre. Es un plato honesto, de menú del día y casa con historia. Se disfruta especialmente en días frescos, con pan candeal y fruta de postre. Su aroma mezcla ahumados, hierbas y recuerdos de cocina lenta.
La caldereta menorquina de langosta. Nace de una isla austera, donde el guiso se enriquece con especias suaves y un fondo que recuerda al mar cercano. El caldo es intenso, ligeramente salino, perfecto para mojar pan. Primavera y otoño son las mejores estaciones para buscarla, acompañada de vinos locales de uva callet o un blanco mediterráneo.
En Galicia, el pote gallego resume el alma atlántica: alubias, berzas, patata y carnes saladas cocidas sin prisas. Es un plato de lluvia y hogar, de ferias rurales y tabernas sin carta. Se disfruta mejor en invierno, con un mencía joven o un tinto de Ribeiro.
Estas rutas de cuchara son invitaciones a viajar despacio, a sentarse a la mesa y dejar que cada sorbo cuente una historia. Porque España también se entiende desde el fondo de un plato.





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