¿Qué vino compra un bodeguero cuando no bebe el suyo?
- Irene Sánchez
- hace 44 minutos
- 2 min de lectura

Hay preguntas que parecen triviales hasta que uno las piensa dos veces. ¿Qué descorcha un bodeguero cuando no está representando su marca, recibiendo visitas o defendiendo una añada? La respuesta rara vez cabe en una etiqueta concreta. Para un profesional del vino, beber no es solo escoger algo rico: es mirar cómo otro ha interpretado un paisaje, una variedad o una forma de entender el oficio.
El consumidor suele elegir desde el placer, la ocasión o el precio. El bodeguero, en cambio, bebe con una mezcla de disfrute, curiosidad y lectura técnica. En una copa puede buscar frescura, equilibrio, textura, energía, fidelidad al origen o capacidad de emocionar sin artificio. No compra únicamente una botella: compra una conversación con otro elaborador.
Raúl Pérez, uno de los nombres más influyentes del Bierzo, lo resumía con una idea reveladora: no separa del todo el vino de trabajo y el vino de placer, porque su vida social está atravesada por la copa. También ha confesado que no concibe abrir una botella estando solo: el vino, para él, necesita conversación.
Mariano García, ligado a Vega Sicilia, Mauro y Aalto, ha explicado que en casa toma vinos nacionales y extranjeros, y que los que más le sorprenden son aquellos que respetan el terruño, tienen personalidad, estilo y una historia que contar. Ahí aparece una de las grandes claves: un bodeguero busca vinos con identidad, capaces de expresar un lugar sin quedar sepultados bajo la técnica.
Por eso muchos profesionales miran más allá de su zona de confort. Un elaborador riojano puede beber Bierzo; uno del Priorat puede emocionarse con un blanco gallego; un creador de tintos poderosos puede terminar la noche con un fino, un amontillado o un Champagne. Bertrand Sourdais, francés afincado en Soria con Antídoto, ha citado entre sus vinos imprescindibles un Villa de Corullón y un Champagne de Egly-Ouriet, dos mundos distintos unidos por precisión y carácter.
La tendencia es clara. Los bodegueros se interesan cada vez más por pequeños productores, viñedos viejos, variedades autóctonas, mínima intervención bien entendida y proyectos con alma. No se trata solo de moda: lo que atrae es la sensación de verdad, de vinos menos maquillados y más ligados al suelo, al clima y a la mano que los elabora.
También pesa la relación calidad-precio, aunque entendida de otro modo. Un bodeguero sabe cuánto cuesta trabajar bien una viña, vendimiar con criterio o renunciar a volumen. Por eso distingue entre precio, valor y prestigio.
¿Qué puede aprender el consumidor? Que conviene comprar menos por inercia y más por criterio: mirar quién está detrás, de dónde viene la uva y qué pretende contar ese vino. Cuando un bodeguero compra vino ajeno, no traiciona el suyo. Al contrario: se mantiene despierto. Porque los grandes profesionales no beben para confirmar lo que ya saben, sino para descubrir lo que todavía les falta por aprender.
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