Qué pedir cuando el camarero dice “aquí todo está bueno”
- Julián Acebes
- hace 1 día
- 2 Min. de lectura

“Aquí todo está bueno.” Pocas frases generan tanta calma y, al mismo tiempo, tanta incertidumbre. El camarero la pronuncia con convicción, pero el comensal se queda igual que estaba: frente a una carta extensa, con hambre y con miedo a equivocarse. Porque no, no todo puede estar igual de bien. Y porque salir a comer fuera implica algo más que alimentarse: implica elegir con criterio.
La frase suele aparecer cuando pedimos ayuda sin dar demasiadas pistas. “¿Qué nos recomiendas?” es una pregunta amplia, cómoda… y poco útil. En ese terreno difuso, el camarero se protege, la cocina queda al margen y el cliente asume el riesgo. El resultado, muchas veces, es correcto pero olvidable. La mediocridad rara vez hace ruido.
Entender qué hay detrás de ese “todo está bueno” es el primer paso para evitar decisiones planas. Porque bien formulada, la conversación con la sala puede convertirse en una ventaja decisiva para disfrutar de la experiencia gastronómica de verdad.
El origen de la frase no es desinterés, sino prudencia. Muchos camareros saben que cada mesa busca algo distinto: hay quien quiere confort, quien persigue sorpresa y quien solo desea no complicarse. Además, no siempre han probado toda la carta recientemente. Decir que todo está bueno es una forma de transmitir confianza general sin condicionar la elección… aunque también revela que el cliente aún no ha definido qué quiere.
La carta, por su parte, habla más de lo que parece. Las secciones cortas suelen concentrar lo mejor de la cocina, mientras que los platos con descripciones más largas o con relato detrás suelen ser apuestas personales del chef. Si un plato aparece tanto en carta como en menú degustación o menú del día, es casi seguro una elección segura. Y atención a la estacionalidad: cuando el producto manda, el riesgo baja.
No todos los comensales piden igual, y eso importa. El novato hará bien en confiar en el menú del día: es el pulso real del restaurante. El gourmet debería preguntar qué plato no quitaría nunca el chef. El curioso puede fijarse en ingredientes locales poco comunes. El indeciso, compartir. Comer también es conversar, y dividir platos reduce el margen de error.
Entre los errores más habituales está pedir lo más viral de la carta. Instagram no siempre coincide con la memoria gustativa. Otro fallo clásico es no comunicar preferencias reales: punto de cocción, tolerancia al picante o al grasiento. La cocina puede adaptarse, pero necesita información. Callar para no molestar suele salir caro.
Desde la sala, los camareros agradecen preguntas concretas: ¿qué está saliendo mejor hoy? o ¿qué pedirías si vinieras como cliente? Desde la cocina, muchos chefs coinciden en que el comensal que confía y se deja guiar disfruta más. No es casualidad que en restaurantes reconocidos por la Guía Michelin el menú degustación sea la experiencia más defendida: hay control, ritmo y narrativa.
La conclusión es sencilla: cuando escuches “aquí todo está bueno”, no te detengas ahí. Afina la pregunta, observa la carta y escucha la sala. Elegir bien no es saber más, sino preguntar mejor. Y en un buen restaurante, esa diferencia se nota desde el primer bocado hasta el último recuerdo.
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