Los pueblos del pimentón que da sabor a España
- Julián Acebes
- hace 3 horas
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Basta abrir una lata para que aparezca un paisaje. Ese polvo rojo, fino y fragante que colorea un chorizo, remata el pulpo a feira o da profundidad a un guiso contiene siglos de agricultura, adaptación y memoria rural.
La historia comenzó con los pimientos llegados de América tras los primeros viajes colombinos. Su cultivo se extendió por la península y encontró en algunos territorios condiciones excepcionales. El clima, lejos de ser un detalle, terminó definiendo dos de sus expresiones más reconocibles: el humo de La Vera y el sol de Murcia.
Antes de convertirse en especia, el pimentón fue fruto, cosecha y trabajo compartido. En torno a él crecieron secaderos y molinos, surgieron oficios y se organizaron pueblos cuya identidad todavía conserva el color encendido de los pimientos maduros.
En el norte de Cáceres, los otoños húmedos impedían secar la cosecha al aire libre. La respuesta campesina fueron los secaderos de dos plantas: en la parte inferior arde lentamente leña de encina y roble; sobre un entramado de madera, los frutos pierden humedad durante varios días y se voltean para recibir el humo de manera uniforme. De aquella solución práctica nació el aroma profundo de la DOP Pimentón de La Vera.
Jaraíz de la Vera se convirtió en uno de sus grandes centros productores y comerciales. Su Museo del Pimentón recuerda hoy cómo el cultivo, la molienda y la venta del llamado oro rojo marcaron la economía comarcal. También en Jarandilla y Losar de la Vera, los antiguos molinos hidráulicos molturaban pimiento durante el otoño. La cosecha no solo llenaba almacenes: ordenaba los trabajos, los encuentros y el calendario de las familias.
En la huerta murciana, el clima escribió una historia diferente. El pimiento de bola, dulce y redondeado, se secaba tradicionalmente extendido bajo el sol antes de pasar al molino. El resultado es un pimentón luminoso, dulce y sin la nota ahumada extremeña.
La pedanía de La Ñora ocupa un lugar esencial en esta tradición. Desde allí, el cultivo y la molienda se extendieron por la huerta y otros municipios murcianos, creando una red de agricultores, secaderos, molinos, almacenes y comerciantes. Su sabor permanece ligado a embutidos, arroces, michirones y numerosos guisos de la cocina regional.
Mallorca aporta otro paisaje rojo. El pebre bord, elaborado tradicionalmente con la variedad autóctona tap de cortí y secado al sol, resulta inseparable de la sobrasada. Las antiguas ristras de pimientos colgadas en las fachadas recuerdan que también allí el producto formó parte de la arquitectura cotidiana.
En La Vera, Murcia o Mallorca, el pimentón esostiene explotaciones familiares, conserva conocimientos transmitidos entre generaciones y define algunos de los sabores más reconocibles de la cocina española. Protegerlo significa cuidar a quienes cultivan, secan y muelen, pero también preservar los pueblos que aprendieron a convertir su clima en patrimonio. Cada cucharada guarda, en realidad, un territorio entero.
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