Maridajes atrevidos: vinos que elevan de verdad platos simples
- Roberto Buscapé
- 17 ene
- 2 Min. de lectura

Hay platos que forman parte del paisaje doméstico. Están ahí cuando no hay tiempo, cuando apetece algo rápido o cuando simplemente buscamos consuelo. Unos huevos revueltos, una pizza margarita, una sopa de verduras. Los conocemos tan bien que rara vez nos detenemos a pensar que puedan ofrecernos algo más.
Sin embargo, basta cambiar la copa para que esa escena cotidiana se transforme. El maridaje no es un lujo reservado a grandes menús ni una lista de normas inamovibles. Es, en esencia, una conversación entre texturas, acideces y aromas que puede darse perfectamente un martes cualquiera en casa.
Lo “atrevido” no implica extravagancia ni combinaciones imposibles. Significa leer con atención el lenguaje del plato y del vino, entender qué pide cada uno y permitir que se desafíen o se acompañen con criterio. Ahí empieza la verdadera magia gastronómica.
Los huevos revueltos con trufa son un ejemplo perfecto. Su textura sedosa y su riqueza grasa piden alivio, no más peso. Un espumoso brut nature, seco hasta el hueso, aporta acidez cortante y burbuja fina que limpia el paladar y deja que el aroma terroso de la trufa se expanda. Servido frío y en copa adecuada, convierte un desayuno tardío en un gesto casi celebratorio.
La pizza margarita, humilde y universal, suele caer en manos de cervezas fáciles o tintos sin alma. Un rosado de Garnacha con cuerpo, en cambio, dialoga con el tomate desde la acidez, acompaña la mozzarella desde la fruta y aporta una ligera estructura que respeta la masa. Es un maridaje que no compite, suma frescura y profundidad sin perder informalidad.
En una ensalada de tomate y mozzarella, todo es equilibrio delicado. Aquí funciona un Verdejo con ligera crianza, trabajado sobre lías o con un breve paso por barrica. La textura del vino envuelve el queso, la acidez sostiene el tomate y las notas de panadería aportan un eco cálido. El resultado es más gastronómico que refrescante, pero sorprendentemente natural.
La pasta aglio e olio, con ajo, aceite y guindilla, parece pedir blancos aromáticos, pero un tinto joven de Mencía, ligero y jugoso, resulta revelador. El picante suaviza el tanino, la acidez refresca el aceite y la fruta roja actúa como contrapunto. Un tinto servido ligeramente fresco demuestra aquí que la sencillez también admite riesgo.
Incluso una sopa de verduras casera puede crecer con el vino adecuado. Un blanco fermentado en barrica, ya sea Godello o Chardonnay, aporta volumen y notas tostadas que acompañan la dulzura natural de la verdura. La acidez mantiene la claridad y evita la pesadez, convirtiendo el conjunto en algo más reconfortante y complejo.
Al final, maridar bien no es impresionar, sino afinar. Entender cómo se comportan acidez, textura y sabor permite que los platos de siempre se expresen de otra manera. Y cuando eso ocurre, la mesa cotidiana deja de ser rutina para convertirse en experiencia.





.jpg)






Comentarios