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Cosas que deberías dejar de preguntar en un restaurante desde ya


Cosas dejar de preguntar en restaurante 2026 (Restaurantes & Bares) - GastroSpain (1)

Mesa de cuatro. Carta larga como un domingo sin pan. El camarero llega con la libreta preparada y esa media sonrisa profesional que dice “dispara”. Y entonces sucede: alguien aclara la voz y lanza la pregunta. No una duda honesta, no una necesidad real, sino una de esas frases que hacen que el tiempo se ralentice y la cocina suba una ceja.


No pasa nada: todos hemos estado ahí. Comer fuera es un pequeño ejercicio social lleno de inseguridades, miedos a fallar, ganas de quedar bien y, a veces, puro cansancio mental. Preguntar no es el problema. El problema es cómo preguntamos y para qué.


Esto no es un manual de etiqueta ni un curso acelerado de “cómo comportarse como si supieras”. Es una guía de convivencia gastronómica. Para que tú comas mejor, el camarero te entienda a la primera y la sala no entre en modo resistencia pasiva.



Empecemos por la reina del caos: “¿Qué es lo más famoso?”. No es que moleste, es que no sirve. Lo famoso puede llevar meses en carta o no estar hoy en su mejor día. En realidad quieres no fallar. Traducción elegante: “¿Qué está especialmente bien hoy?” o “Si vengo una vez, ¿qué no me debería perder?”. Eso sí ayuda y demuestra criterio sin postureo.


Luego está “¿Esto engorda?”, una pregunta que nunca ha hecho más feliz a nadie. No hay respuesta exacta y coloca al camarero en modo nutricionista improvisado. Lo que quieres decir es que buscas algo más ligero. Mejor formula: “¿Cuál es más fresco o con más verdura?”. Mil veces más útil y sin culpa añadida.


“¿No tenéis algo normal?” merece capítulo propio. “Normal” no significa nada y suena a juicio gratuito. Aquí suele haber cansancio o hambre urgente. Prueba con “Busco algo sencillo, sin picante y fácil de comer, ¿qué me recomiendas?”. Magia: el camarero entiende y tú también.


Otra habitual es “¿Qué me pides tú?”. No es mala fe, es delegación mal expresada. Obliga al otro a adivinarte el hambre, el presupuesto y el plan. Ajusta el tiro: “Si queremos compartir y acertar, ¿qué elegirías?”. De repente, la recomendación tiene sentido.



Pasemos a las delicadas. “¿Es casero?” suena más a inspección que a curiosidad. Si lo que te importa es saber si se hace allí, dilo así: “¿Lo elaboráis aquí o viene ya preparado?”. Sin tono acusatorio. La información llega igual y nadie se pone a la defensiva.


También conviene jubilar “¿Me lo puedes cambiar todo?”. Hay platos que admiten ajustes y otros que no sobreviven a la cirugía. Mejor: “¿Qué plato admite cambios sin cargarse la receta?”. Eso es respeto al trabajo ajeno… y a tu propio plato.


Y ojo con “¿Cuánto tarda?” nada más sentarte. No es ilegal, pero aprieta. Si tienes prisa, dilo claro: “Vamos con el tiempo justo, ¿qué sale rápido?”. La sala te lo agradecerá y comerás sin ansiedad.

Para equilibrar, recordemos que hay preguntas perfectamente bien si se hacen con claridad: alergias e intolerancias explicadas al principio (“soy celíaco, ¿qué opciones seguras tengo?”), el punto de cocción pedido con precisión, el tamaño de las raciones o una recomendación honesta de vino con presupuesto marcado.


Claridad: decir lo que quieres sin rodeos. Respeto al ritmo de sala: no todo se decide en diez segundos, pero tampoco en diez minutos. Y el arte de preguntar bien: no para controlar la carta, sino para disfrutarla más. Porque comer fuera no va de demostrar nada. Va de pasarlo bien y salir mejor de lo que entraste.

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