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Cómo hacer tu propia charcutería en casa


Cómo hacer tu propia charcutería en casa 2026 (GastrHOGAR) - GastroSpain (1)

La charcutería casera empieza mucho antes del primer corte. Empieza en la memoria: en las matanzas de invierno, en los secaderos improvisados de los pueblos, en esas despensas donde el tiempo era el mejor conservante. Recuperar hoy ese gesto es reconectar con una cocina lenta, reflexiva y profundamente sensorial.


Hay también un motivo muy actual para lanzarse: el control absoluto de los ingredientes. Elegir la carne, ajustar la sal, decidir el punto exacto de especias. Nada de aditivos innecesarios, solo sabor real que evoluciona con los días y recompensa la espera con aromas profundos y texturas únicas.


Eso sí, la charcutería exige respeto. Higiene, frío y paciencia son innegociables. Superficies limpias, manos cuidadas, sal en cantidades correctas y espacios bien ventilados hacen que el proceso sea seguro y placentero. Con esas bases claras, el miedo desaparece y entra en juego el disfrute.



El primer paso ideal es un chorizo o salchichón seco sencillo. Por cada kilo de carne de cerdo se busca el equilibrio: alrededor de un 70 % magro y un 30 % de grasa. La sal —unos 22–25 gramos— se mezcla con pimienta, ajo y pimentón, y la carne se amasa hasta volverse ligeramente pegajosa. Embutida en tripa natural y colgada en un lugar fresco y ventilado, la pieza va perdiendo humedad poco a poco. En tres o cuatro semanas, al presionarla se nota firme y desprende un aroma limpio, señal inequívoca de que está lista.


El lomo embuchado es un ejercicio de elegancia. Se sumerge primero en una salmuera aromática durante un par de días, se seca con cuidado y se recubre de pimentón o hierbas. Tras el embutido, el curado es más corto: unas tres semanas bastan para obtener un interior rosado, fragante y delicado. En climas húmedos conviene ventilar a diario; en zonas secas, evitar corrientes fuertes para que no se endurezca en exceso.


Para quienes disfrutan del contraste entre carne y grasa, la panceta curada tipo guanciale o bacon artesanal es una joya. La sal se combina con un toque de azúcar y especias, y la panceta reposa en frío durante una semana, volteándola cada día. Luego, colgada y olvidada durante otras dos o tres semanas, se transforma en una pieza intensa, con grasa firme y perfume especiado, perfecta para cocinar o cortar fina.



El jamón curado doméstico también es posible si se piensa en pequeño. Piezas cortas o “jamoncitos” permiten entender el proceso sin largas esperas. Se cubren de sal un día por kilo, se lavan y se dejan secar varias semanas. No busca competir con grandes curaciones, sino ofrecer un sabor honesto, profundo y muy personal.


Las salazones rápidas de pescado, como anchoas o sardinas, completan el repertorio. Limpias y cubiertas de sal gruesa durante uno o dos días, se enjuagan y se conservan en aceite. El resultado es puro umami marino, ideal para aperitivos sencillos y seguros si se mantiene siempre el frío.


Servir la charcutería casera es celebrar el trabajo bien hecho. Una tabla con pan rústico, quesos, encurtidos y un buen vino multiplica la experiencia. Conserva las piezas envueltas en papel transpirable, en un lugar fresco, y recuerda que cada loncha cuenta una historia de tiempo, cuidado y tradición reinterpretada desde tu propia cocina.

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