Cómo elegir bien en una carnicería sin saber de cortes
- Roberto Buscapé
- hace 4 días
- 2 Min. de lectura

Entras en la carnicería y el mostrador parece un mapa sin leyenda. Piezas rojas, vetas blancas, nombres que suenan importantes —aguja, espaldilla, falda— y una pregunta que se repite en silencio: ¿Qué demonios elijo para comer bien esta semana?
No estás solo. A casi todos nos ha pasado alguna vez: querer comprar buena carne sin saber por dónde empezar, con la sensación de que preguntar te delata como novato. Pero la buena noticia es que no hace falta ser experto en cortes para elegir bien.
Con un poco de atención visual, algo de lógica culinaria y dos o tres frases bien planteadas, la carnicería deja de ser intimidante y se convierte en un aliado. Vamos paso a paso, como si estuvieras ahora mismo frente al mostrador.
Lo primero no es el nombre, sino lo que ves y hueles. Una carne fresca tiene color vivo: rojo profundo en el vacuno, rosado limpio en el cerdo. Huye de tonos apagados o grisáceos. La grasa debe verse blanca o ligeramente nacarada; ese veteado fino —el marmoleo— es una bendición, porque la grasa es sabor y jugosidad. Al tacto (o a la vista), busca firmeza y brillo natural. Y el olor, casi inexistente: si no huele a nada, vas bien.
Luego viene la clave que lo cambia todo: el corte importa menos que el uso. Antes de pensar en nombres raros, piensa en el plato. ¿Plancha rápida? Necesitas carnes tiernas: entrecot, chuleta, secreto o solomillo. Son piezas que agradecen fuego fuerte, poca manipulación y un punto justo. Si las pasas, se secan; si las respetas, te recompensan.
Para guisos y estofados, cambia el chip. Aguja, espaldilla o morcillo no buscan rapidez, sino tiempo. Crudas pueden parecer más fibrosas o “menos bonitas”, pero con cocción lenta se transforman. El colágeno se funde, la carne se vuelve melosa y el sabor se vuelve profundo. Aquí manda la paciencia, no la ternura inicial.
Si lo tuyo son los asados lentos, apunta a falda, costillar o jarrete. Piezas con hueso y grasa que, a baja temperatura, se doran por fuera y quedan tiernas por dentro. Son ideales para horno largo, acompañadas de patatas, cebolla o verduras de raíz. El aroma que sale del horno ya justifica la elección.
¿Y cómo se pregunta sin miedo? Fácil: hablando de cocina, no de cortes. Frases como “Quiero algo jugoso para la plancha”, “Busco un corte que quede tierno al guisar” o “¿Este cuánto tiempo necesita?” funcionan siempre. Preguntar cómo cortarlo o cocinarlo no te hace parecer perdido, sino interesado. El carnicero sabe y suele disfrutar compartiendo ese conocimiento.
Para cerrar, evita errores comunes: no elijas siempre lo más magro pensando que es mejor —muchas veces es lo más seco—, no cocines todos los cortes igual y no ignores a quien está al otro lado del mostrador. Elegir bien en la carnicería no va de saberlo todo, sino de mirar, preguntar y cocinar con intención. Con eso, comer bien deja de ser un misterio.





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