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Ciudades "feas" donde se come de escándalo


Ciudades feas donde se come de escándalo 2026 (Viajar) - GastroSpain (1)

Llegas, miras alrededor y no pasa nada. No hay catedral de portada, ni skyline reconocible, ni esa luz que pide móvil en alto. Hay bloques funcionales, avenidas largas y una sensación de “aquí no hemos venido a mirar”.


Caminas un poco más y entonces sí pasa algo. Huele a guiso, a plancha caliente, a fritura limpia, a pan recién hecho. Un olor que no busca likes, busca mesa. El paisaje empieza a importar menos.


Porque hay ciudades que no se miran: se comen. Y cuando lo entiendes, el viaje deja de ser estético y pasa a ser sensorial. Llamarlas “feas” es solo un gancho. En realidad son ciudades sin maquillaje turístico, con urbanismos poco amables o fama gris, donde la cocina no necesita actuar.



Lugo es el ejemplo perfecto: discreta hasta el extremo, pero imbatible a cuchara. Pulpo á feira, lacón con grelos, empanada con relleno serio. Mercado, casas de comidas, vino servido sin discurso. Comes temprano, comes caliente y sales convencido.


La llanura tampoco vende postal, pero alimenta como nadie. Albacete parece infinita y anodina hasta que te sientas en la barra adecuada. Navajas a la plancha, atascaburras, gazpachos manchegos cuando toca. Bares de barrio con humo constante y ruido feliz. Aquí se pide poco y se confía mucho. Y casi siempre funciona.


En la costa sin glamour brilla Huelva, portuaria, industrial, cero filtro. Pero gamba blanca, coquinas y chocos fritos con fritura fina que cruje y no pesa. Se come de pie, rápido, mirando a la barra. Más al este, Elche vive a la sombra de sus palmeras, cuando lo importante está en la mesa: arroz con costra, arroces secos bien medidos, dátiles y granada cuando hay. Casas de comidas donde el tiempo se respeta.



El Mediterráneo menos fotogénico también cocina fuerte. Cartagena tiene capas históricas y un urbanismo que no seduce, pero saca pecho con caldero, salazones y marineras bien montadas. Puerto, taberna, vino blanco frío y conversación directa. Aquí el aperitivo se alarga sin pedir permiso.


Y en el interior, lejos de cualquier hype, Linares. Ex minera, dura de fachada, generosa hasta el exceso en la mesa. Andrajos, pipirrana, aceite de oliva virgen extra que no se discute. Menús del día que alimentan de verdad, bares donde se come porque toca comer.


No es casualidad. Donde no hay que seducir al visitante, se cocina para dar de comer. Tradición obrera, puertos, fábricas, mercados vivos, cultura de menú y producto cercano. Menos escenografía, más fuego. Menos relato, más repetición bien hecha. Hay ciudades que no entran por los ojos, pero se quedan en el paladar. Y eso dura mucho más que cualquier foto.

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