¿Por qué hay tanto chef metido a influencer (y viceversa)?
- Roberto Buscapé
- 27 ene
- 3 Min. de lectura

El pase está a tope. Fuego alto, comandas que no paran y platos saliendo con precisión quirúrgica. En una esquina, un móvil en vertical captura cómo cae la salsa, buscando el plano perfecto. Nadie se inmuta. Forma parte del servicio, aunque no salga en la hoja de reservas.
En otro restaurante, la escena es inversa: un creador de contenido entra en cocina como quien cruza el backstage de un concierto. Pregunta, graba, sonríe, promete subirlo “esta misma noche”. El equipo sigue a lo suyo, pero sabe que esa visita puede llenar mesas mañana.
No es postureo aislado ni traición al oficio. Es un síntoma. Hoy la gastronomía también se cocina en formato vertical, y la frontera entre chef e influencer es cada vez más porosa. La pregunta no es si gusta o no, sino por qué pasa y qué implica.
El primer motor es económico, y conviene decirlo sin épica. Los márgenes aprietan, los costes suben y la visibilidad se ha convertido en moneda. Para muchos restaurantes, las redes son el nuevo escaparate: traen reservas, justifican precios y construyen recuerdo. Para los chefs, la marca personal ya no es ego sino colchón: libros, eventos, colaboraciones. No todos quieren ser famosos; muchos quieren ser sostenibles.
Luego está el algoritmo, ese comensal invisible que decide qué se ve y qué no. Premia lo inmediato, lo reconocible y lo que entra por los ojos en tres segundos. Un plato que no se graba parece que no existe. Eso empuja a cocinar pensando también en cámara: brillos, cortes limpios, gestos repetibles. No es que la cocina haya cambiado de esencia, pero sí de idioma.
Tercer factor: el comensal como audiencia. Comer fuera ya no termina con el café. Empieza antes (expectativa) y continúa después (story). Contarlo forma parte del disfrute. Elegimos restaurantes pensando en la experiencia completa, y la experiencia incluye poder decir “yo estuve ahí”. Negarlo sería no entender cómo vivimos hoy la cultura gastronómica.
Cuarto: cambio de autoridad. La crítica tradicional ya no es el único faro. Ahora convive con recomendaciones sociales basadas en cercanía y repetición. “Si esta persona come como yo, quizá acierte”. No es mejor ni peor, pero sí distinto. La autoridad ya no siempre baja desde arriba; a veces llega en zapatillas y con subtítulos.
Quinto: educación gastronómica express y promesa de ascenso. Recetas rápidas, hacks, storytelling comprimido. Aprendemos más, pero a velocidad de scroll. Influencers buscan legitimidad acercándose al fuego real; chefs buscan alcance saliendo del pase. El cruce es lógico. El riesgo aparece cuando el atajo se confunde con el camino.
¿Resultado? Luces y sombras. Gana la democratización, el descubrimiento de sitios fuera del radar, cierta transparencia del oficio y nuevas carreras. Pero también aparecen platos clónicos “instagramables”, presión estética, simplificación técnica y humo publicitario. Señales de que el contenido suma: explica el porqué, muestra proceso y acepta matices. Señales de que estorba: todo es “brutal”, el plato vive para el plano y la colaboración manda más que la cocina.
La conclusión es simple y útil. Chef e influencer no son enemigos naturales. El problema empieza cuando confundimos ser visto con ser bueno. El móvil puede acompañar, incluso ayudar. Pero la gastronomía, como siempre, se decide en la mesa. Y ahí no hay algoritmo que valga.





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