Bodegas españolas con etiquetas que llaman la atención y vino que responde
- Roberto Buscapé
- hace 27 minutos
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Entras en una vinoteca o en el pasillo de vinos del súper. Decenas de botellas alineadas. Entonces ocurre: una etiqueta te mira. Te provoca con tipografía valiente, una ilustración inesperada o un minimalismo que parece decir “tranquilo, sé lo que hago”.
La mano se queda suspendida. Dudas. ¿Es marketing con brillantina o un proyecto con algo que contar? Porque todos hemos caído alguna vez en la trampa del diseño espectacular que, en la copa, se desinfla sin pedir perdón. La tesis es sencilla y no va de cinismo: hay etiquetas que gritan… y vinos que, cuando los pruebas, hablan mejor. No siempre coinciden, pero cuando lo hacen, el diseño deja de ser sospechoso y se convierte en pista.
Una etiqueta que “llama la atención” no tiene por qué ser postureo. Suele apoyarse en recursos visuales claros: tipografías con carácter (y legibles), ilustración con relato, minimalismo bien afinado, humor que no infantiliza y materiales que se sienten al tacto (papeles con grano, relieves discretos). Funcionan en el lineal porque cuentan algo rápido. Regla de oro: diseño ≠ calidad, pero a menudo es señal de un proyecto coherente que sabe quién es y a quién habla.
Hay proyectos donde la estética ya te sitúa antes de descorchar. En Envínate, las etiquetas parecen cuadernos de viaje: sobrias, casi cartográficas, sin fuegos artificiales. Prometen lugar y cumplen. En la copa hay viñedos extremos —Canarias, Ribeira Sacra, zonas altas del noroeste— y una frescura que manda. Fruta contenida, hierbas, salinidad y acidez viva que estira el vino. Detrás hay parcelas concretas, altitud y mínima intervención con cabeza. Son vinos que se crecen con sardinas en lata buena o unas setas salteadas.
Otras etiquetas juegan a la delicadeza, como las de Comando G, donde la ilustración botánica ya avisa de montaña. La garnacha en copa es pura finura: flores, fruta roja limpia, tanino finísimo y una textura aérea que no pesa. Aquí el diseño acompaña un discurso serio de viña vieja sobre granito, con crianzas medidas y una identidad reconocible añada tras añada. Con una tortilla jugosa o un pollo asado sencillo, el vino se vuelve conversación larga.
En el extremo opuesto del ruido está el silencio elegante de Recaredo. Etiquetas limpias, casi ceremoniales, que piden tiempo. En la copa, espumosos de larguísima crianza, burbuja finísima y profundidad real: cítricos, hierbas secas, pan tostado. La seriedad se nota en la viticultura ecológica, en las fechas de degüelle claras y en la paciencia como método. Funcionan con ostras, anchoas o un arroz de verduras.
Hay etiquetas que prometen suelo y lo cumplen al milímetro. Las de Muchada-Léclapart son casi austeras, sin guiños fáciles. En la copa, palomino con flor, tiza y salinidad afilada; bocas secas, eléctricas y larguísimas. No buscan gustar a todos, buscan decir verdad. Albariza, elaboraciones precisas y una coherencia que se agradece. Brillan con jamón, conservas nobles o pescado blanco.
El diseño contemporáneo también puede ser elegante y honesto, como en los vinos de Verónica Ortega. Etiquetas actuales, sin clichés, que no eclipsan lo importante. En la copa, mencías (y algún blanco) con fruta, especia y estructura amable: taninos pulidos, acidez que ordena y madera bien integrada. Hay selección de parcelas y regularidad, dos palabras clave. Con legumbres guisadas suaves o quesos semicurados, funcionan de maravilla.
El patrón se repite: cuando el diseño es coherente, suele haber fondo. No garantiza nada, pero suele ser una pista de que alguien ha pensado el proyecto de principio a fin, del viñedo al lineal.





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